Pasó
el tiempo y las instituciones declararon buena parte
de la zona biotopo protegido. Pero héteme aquí que
nombraron a un geólogo como jefe del
cotarro. Los ecosistemas vivos, los que daban
realmente riqueza natural al lugar y los que la
política de conservación debe atender –pues al
ser sistemas vivos pueden extinguirse, al contrario
que las piedras, que están muertas y no se
extinguen– le importaban un mokordo a este hombre. Tan
es así que el primer año de su gestión organizó una
concentración multitudinaria en la rasa mareal del
lugar, donde vivía una asombrosa comunidad de plantas y
animales intermareales, única en
Europa. Su idea era que la gente acudiera en tropel a
admirar desde la mar los acantilados esculpidos en una
formación geológica por otra parte vulgar y
abundantísima en la provincia, el flysch cretácico, que aquí
llegaba hasta la costa. Con la idea de promocionar
el turismo en la zona, hizo ver que el día de la mayor
bajamar del año era una ocasión única
para visitar la zona, pero se la traía al pairo que
ese gentío pateara y pisoteara los campos de algas
expuestos en bajamar. Casi 5.000
personas desinformadas, acudieron al reclamo del
geólogo, convenientemente propalado por la prensa
local.
No contento con esto, este hombre y sus superiores permitieron (argumentando como criterio 'técnico' que
en otras zonas protegidas también se celebran), y el ayuntamiento del
lugar subvencionó, nada menos que una
carrera pedestre de montaña en la zona recién
protegida, carrera que se repitió desde entonces
anualmente sin que nadie pusiera coto al desmán. Miles
de personas pateaban la zona protegida entre ruidosa
megafonía y zonas de aparcamiento
especialmente habilitadas. La carrera creó de facto
nuevos caminos en las zonas antes intactas, en su
afán por llevar la carrera hasta el borde del
cantil. Se formaron nuevos cauces intermitentes en las
zonas pateadas y bicicletas de montaña y
paseantes en general comenzaron a imitar a los
corredores y siguieron agravando el problema. Desde
entonces los procesos de erosión se
dispararon y el borde del cantil sufrió progresivos
descabezamientos y perdió vegetación. Todo
eso no afectaba a las piedras, ya que debajo de
las visibles había más y más; sin embargo, el suelo,
sustrato de los sistemas ecológicos, se adelgazaba, se
desorganizaba y perdía, y lo que
antes era un vergel comenzó a volverse un descampado
más.
Las instituciones que declararon la zona
biotopo protegido se lavaron las manos y pasaron de
limitar los desmanes. Siguiendo las indicaciones
del geólogo, hábil comercial, promocionaron el lugar
como si su principal valor ambiental
fueran las piedras y no la naturaleza viva. Implicaron
a los ayuntamientos y entre todos fueron haciendo
dejadez de su cometido principal: entrevieron una
posibilidad de negocio en forma de turismo, y la
conservación de la naturaleza podía volverse
un desagradable obstáculo para la pasta. Crearon una
figura de reciente invención, un “geoparque”, haciendo ver que su objeto
era conservar el valor geológico
del lugar. Nada de eso había: no era una figura de protección, sino de
distinción comercial y reclamo (como las famosas 'banderas azules'). Las
formaciones geológicas no necesitaban
de mayor protección que una normativa muy fácil de
cumplir por los desarrollistas. De hecho la figura protector del biotopo bastaba y sobraba para, a través de su Plan de Uso y Gestión, evitar las afecciones negativas a las formaciones geológicas.
Lo que en realidad era el “geoparque” era una marca
comercial, un sello turístico que
debía ser vendido y rentabilizado. La gran ubre de la que extraer
riqueza. Y empezaron a publicitarlo por todos los
medios, y el público se creyó el mensaje. En realidad, querían
valerse de la existencia de un 'geoparque' para dejar sin efecto y
tener una excusa para saltarse a la torera las limitaciones que toda
zona protegida impone a las actividades humanas en beneficio de la
conservación de la naturaleza. Los impulsores del turismo de la comarca veían la protección de la naturaleza como un obstáculo para su negocio; aunque, eso sí, una foto de un paisaje verde con el mar azul de fondo y blancos acantilados en medio era una imagen de la leche.
Hasta
los grupos políticos que habían apoyado la protección
y conservación sintieron cosquillas gaseosiles en su
trasero y empezaron a considerar la
posibilidad de abjurar de sus otrora profundas
convicciones.
Entretanto,
las instituciones forales, las encargadas de
proteger y conservar la naturaleza, comenzaron a
construir una camino completamente nuevo pegado a
la costa, un camino pavimentado capaz de albergar
vehículos, en plenas zonas naturales, atravesando
varias ZECs de la red Natura 2000. Un despropósito
gigantesco, capaz de generar, por otra parte, un cazo
apetitoso para los corruptos comisionistas de
turno. Tal infraestructura turística, pues no otra cosa era,
también la proyectaron sobre nuestro biotopo
protegido. ¿Creéis que el geólogo sufrió porque se
iban a hacer desmontes en su querido flysch?
¿Los movimientos de tierra le importaron algo?
¡Naturalmente que no! Las piedras eran la excusa
para el negocio, y al negocio había que darle
facilidades; un camino tan fácilmente transitable era
una bicoca, y apoyó el proyecto con
toda su alma. Después de todo, tampoco abrió el pico
cuando metieron una grúa de 180 toneladas en pleno
acantilado para sacar un barco pirata.
No
contento con todo esto, y haciendo sitio a las
pretensiones de los ayuntamientos de la zona, apoyó
incluir en la oferta del geoparque visitas a
cuevas hasta ahora no visitadas, que albergaban
poblaciones de fauna amenazada, fauna especializada
que únicamente vivía en esas cuevas y
cuya supervivencia sería imposible si abrían sus
refugios al turismo. No importaba. Sin someter las
autorizaciones al criterios de los técnicos en
conservación, el geólogo y los munícipes –apoyados,
curiosamente, por otro geólogo que resultaba
estar empleado y vivir de la empresa que mayores
desmanes contra el patrimonio geológico, destrucción
de cuevas con yacimientos prehistóricos incluida,
causaba en la provincia en cuestión–, decidieron
seguir adelante con los faroles.
En
esas estamos. Tenemos una zona protegida donde se ha
destruido la marisma, se van a destruir la riqueza de
las cuevas se va a dejar al desnudo
la roca del biotopo, se van a pisotear los campos de
algas con sus charcas y esteros, se van a descabezar
los acantilados, y todo ello ante los ojos
del pueblo, soberano, aunque rematadamente ignorante.
¡Más habría valido no proteger nada!
¡Más habría valido no proteger nada!
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